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Zapatos de Charol

  • Marcelo Sonenblum
  • 31 jul
  • 2 min de lectura

Había una vez un par de zapatos de charol negro que compartían destino pero no propósito.


El izquierdo, llamado Lito, era de alma tanguera: caminaba ladeado, arrastrando el taco, con un aire de melancolía de milonga abandonada. Le gustaba pisar charcos con estilo, dejar huella húmeda, marcar territorio como un gato viejo.


El derecho, sin embargo, respondía al nombre de Damián. Ortodoxo, recto, lustrado con la moral de un cadete suizo. Soñaba con pasos firmes, rectos, simétricos, como si el suelo fuera un tablero de ajedrez y él una torre en perpetuo avance.


Desde el primer día que calzaron juntos al pobre don Elías —un profesor de historia jubilado con artrosis y mucho tiempo libre— se desató la guerra.


—¡Dejá de ladearte, ridículo! ¡Parecemos una coreografía de borrachos! —gruñía Damián.

—¡Y vos caminás como si te hubieran metido un palo por el taco! ¡Sos el bostezo del calzado, hermano! —respondía Lito, con voz de whisky barato.


Don Elías, sin saber nada, empezó a caminar extraño. A veces parecía bailar, otras veces parecía escapar de un enjambre invisible. Una vez cayó de bruces frente a una verdulería cuando Lito frenó en seco para mirar una zapatería femenina y Damián quiso seguir derecho al banco.


La tensión fue escalando.


Una mañana, en la fila del correo, se pelearon tan fuerte que Elías empezó a renguear de verdad. Fue tal la descoordinación que un cartero pensó que el viejo estaba haciendo mímica de una canción de los Beatles.


Elías probó todo: plantillas ortopédicas, curaciones energéticas, sesiones de reiki para pies. Nada funcionó.


Hasta que un día, sin decir palabra, los dejó en la vereda. Llovía. Y ellos lo sabían: era el fin.


Los recogió un cartonero poeta, que al notar su rareza, decidió darles nuevos nombres: “Caos” y “Orden”. Los colgó del espejo de su bicicleta y pedaleó silbando.


Desde entonces, colgando cabeza abajo, obligados a convivir sin caminar, los zapatos aprendieron a dialogar. Descubrieron que, sin uno, el otro no era más que un objeto.


Y así, en lo alto de una bicicleta oxidada que recorría avenidas rotas, los zapatos enemigos comenzaron su reconciliación.


Y don Elías… bueno, se compró unas pantuflas. Nunca más tropezó con nadie.

Salvo con la nostalgia


Marcelo Sonenblum

 
 
 

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