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El mundial de los sabelotodo

  • Marcelo Sonenblum
  • 23 jul
  • 2 min de lectura

Cuando mi hija me presentó a su novio, tuve una certeza instantánea.


No me cayó bien.


No porque fuera maleducado. Al contrario. Era simpático, correcto, amable... demasiado amable. Pero había algo peor: opinaba de todo con una seguridad olímpica.


El problema no era que supiera.


El problema era que nunca dudaba.


En el primer almuerzo habló de economía. Después explicó política internacional. Más tarde dio una clase magistral sobre medicina deportiva y terminó describiendo cómo deberían construirse los puentes.


Yo lo escuchaba en silencio.


Hasta que mi hija, orgullosa, dijo:


—Papá, además sabe muchísimo de fútbol.


Ahí entendí que Dios me estaba ofreciendo un juguete.


Le sonreí.


—¿En serio? ¡Qué bárbaro! Justo de fútbol yo no sé nada. Vos debés tener una memoria impresionante.


El muchacho creció cinco centímetros.


Desde ese día empecé a pedirle opiniones.


Que quién había hecho el gol en tal final.


Que en qué club había debutado tal jugador.


Que cuál era la regla del offside antes de los años noventa.


Respondía todo.


Sin respirar.


Mi hija lo miraba como quien contempla una biblioteca de Alejandría con zapatillas.


Y yo seguía alimentando el monstruo.


—¡Qué fenómeno! ¡Increíble lo que sabés!


Cada elogio era un litro más de aire dentro del globo.


Hasta que el globo empezó a volar demasiado alto.


Entonces cambié apenas una pieza del tablero.


Ya no discutía.


Solo preguntaba con la mayor inocencia del mundo:


—¿Estás seguro?


Silencio.


—Nena... ¿por qué no lo buscás en Google?


Mi hija buscaba.


Y Google, con esa crueldad tan poco literaria que tienen los hechos, decía otra cosa.


Una vez puede pasar.


Dos veces también.


Cinco veces ya es una costumbre.


El muchacho empezó a corregirse.


Después a justificarse.


Más tarde a improvisar.


Y finalmente a inventar.


La imagen del sabio comenzó a perder brillo como una medalla de lata.


Una noche, mientras levantábamos la mesa, mi hija me dijo en voz baja:


—Papá... este manda fruta. Al final no sabe tanto.


Yo respondí con una serenidad franciscana.


—Vos decís?


Las personas que necesitan parecer gigantes suelen hacer el trabajo solas.


Solo hay que darles un escenario.


¿Y el novio?


Quién sabe.


Supongo que anda por ahí, explicándole a alguien cómo se inventó el fútbol.


Y quizás, en alguna mesa, haya otro padre que sonría, lo felicite con entusiasmo y piense:


"Dale, campeón... seguí hablando."


Marcelo Sonenblum


 
 
 

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