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Veinte Minutos

  • Marcelo Sonenblum
  • 9 ago
  • 2 min de lectura

Había una vez un empresario muy ocupado.


No ocupado como está ocupada la gente normal. Ocupado profesionalmente.


De esos hombres que no conocen el futuro porque todo es ahora. El lunes es ahora. El presupuesto del año que viene es ahora. El problema que todavía no ocurrió conviene resolverlo ahora, por las dudas.


Su vida estaba organizada con una precisión bastante razonable para una central ferroviaria europea.


Aquella mañana salió de su casa rumbo al café de siempre.


Caminó las mismas cuadras, entró por la misma puerta, saludó aproximadamente a la misma gente y se sentó en la mesa de siempre.


Pidió café.


Entonces llevó la mano al bolsillo.


Nada.


Revisó el otro.


Nada.


Campera.


Nada.


Otra vez el primero, porque existe una misteriosa esperanza humana de que los objetos aparezcan en un bolsillo cuando uno lo revisa por segunda vez.


Nada.


Había olvidado el celular.


Durante algunos segundos evaluó la gravedad de la situación.


El mundo empresarial podía estar derrumbándose.


Una transferencia podía necesitar autorización.


Alguien podía estar preguntando algo urgente en un grupo de WhatsApp.


Incluso era perfectamente posible que una persona hubiera escrito simplemente:


—Buen día.


Y él no estuviera allí para recibir semejante acontecimiento.


Pensó en volver inmediatamente a buscarlo.

Pero llegó el café.


Y decidió hacer algo temerario:


desayunar primero.


Tenía, de todos modos, su agenda de papel.

La apoyó sobre la mesa.

La miró.


Podía abrirla. Revisar pendientes. Ordenar prioridades. Anotar alguna idea. Adelantar el día.


No la abrió.


Aquello ya rozaba la irresponsabilidad.


Entonces ocurrió algo para lo que no estaba preparado.


No tenía nada que hacer.


Miró el café.

Miró por la ventana.

Pensó.


Después dejó de pensar.


Volvió a mirar por la ventana.


Una señora cruzaba la calle.


Un hombre acomodaba unas sillas.


Pasó un colectivo.


Pensó nuevamente, pero sin demasiado compromiso.


Después observó una medialuna.


La medialuna no requería respuesta.


Eso le gustó.


Durante veinte minutos practicó una actividad antiquísima de la que había perdido toda referencia:


estar.


Sin producir.


Sin responder.


Sin decidir.


Sin aprovechar el tiempo.


Incluso, en un momento particularmente audaz, miró hacia ninguna parte.


Veinte minutos después pidió la cuenta.


Pagó.


Volvió caminando hasta su casa.


El celular estaba exactamente donde lo había dejado.


Lo tomó.


Había mensajes, asuntos pendientes, notificaciones y pequeñas urgencias reclamando nuevamente su lugar en el universo.


Salió otra vez.


Y el día continuó exactamente como estaba previsto.


Reuniones.


Decisiones.


Mensajes.


Horarios.


Problemas.


Ideas.


Nada había cambiado.


Aunque durante veinte minutos, sentado frente a un café, el mundo había demostrado que podía seguir girando sin preguntarle nada.


Y él había descubierto algo todavía más extraño:


también podía.


Marcelo Sonenblum


 
 
 

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