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Por un nuevo fútbol - Código Sonoro

  • Marcelo Sonenblum
  • 27 mar
  • 2 min de lectura

Hay textos que no necesitan levantar la voz para incomodar: les alcanza con la precisión. Este poema juega con la forma de una proclama, casi una carta burocrática, y desde ahí construye una sátira filosa sobre el control, la previsibilidad y el miedo a lo incierto. Lo notable es que no ataca de frente: se disfraza de obediencia. Y en ese gesto —aparentemente sumiso— revela el absurdo de querer domesticar lo indomesticable.


El fútbol aparece como excusa, pero es mucho más que un deporte. Es el territorio simbólico donde todavía respira lo imprevisible, donde el resultado no está garantizado y donde la emoción no pide permiso. Por eso el texto lo convierte en problema: porque la duda, la sorpresa y la posibilidad de que “ni el Jefe lo sabrá” son, en ciertos sistemas, casi un delito. La ironía crece verso a verso hasta volverse evidente: el verdadero conflicto no es el juego, es la libertad.


La imagen del balón reemplazado por un cubo es, quizás, el hallazgo más potente. Es una metáfora sencilla, casi infantil, pero brutal en su significado: quitarle al mundo su capacidad de rodar, de desviarse, de escapar del diseño previo. Un cubo no rueda, obedece. Y en esa quietud forzada aparece la ilusión de orden que, en el fondo, no es más que miedo disfrazado de sistema.


Como tributo a Slawomir Mrożek, el texto honra esa tradición del absurdo inteligente que incomoda sin estridencias y deja pensando después de la risa. Porque uno sonríe, sí… pero enseguida se reconoce en esa tentación de querer que todo esté “arreglado”, previsto, controlado. Y ahí, en ese espejo, el poema termina de hacer su trabajo: recordarnos que, si el resultado ya está escrito, no solo muere el fútbol… también algo esencial de lo humano.



 
 
 

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