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La misma noche

Marcelo Sonenblum
3 sept
2 min de lectura

Por la noche llegó el tsunami de conflictos.


Él se dejó caer en su sillón, puso el Bolero de Ravel y, después, un adagio.


Y voló.


Voló a ras del suelo, suave y tranquilo, mientras afuera todavía rugía la tormenta.


A la mañana siguiente, el tsunami había pasado.


Los restos seguían allí, pero estaban ordenados, uno junto al otro, esperando su turno.


Entonces se levantó.


Ya no había un tsunami.


Había problemas.


Y los enfrentó uno por uno.


Esa noche volvió al sillón.


También la siguiente.


Durante algún tiempo creyó que se trataba de noches distintas. Después comprendió que acaso era siempre la misma noche y que era él quien, imperceptiblemente, iba siendo otro.


Pasaron los meses, aunque nadie puede decir con certeza cuándo un mes deja de ser presente y comienza a ser recuerdo.


Pasaron los años.


Cambió la luz sobre los muebles, cambiaron algunos rostros, desaparecieron voces que había creído eternas y llegaron otras que todavía no existían aquella primera noche.


También cambiaron los conflictos.


O tal vez no.


Tal vez todos los hombres enfrentan, bajo nombres diferentes, unas pocas dificultades que el tiempo se entretiene en repetir.


Él aprendió algo más sencillo.


Durante el día había que hacer lo que correspondía.


Resolver lo que pudiera resolverse.

Aceptar lo que no.

Esperar cuando todavía no hubiese respuesta.


Y por la noche estaba el sillón.


Estaba el adagio.


Estaba el Bolero de Ravel avanzando, obstinado y circular, como si conociera un secreto acerca del tiempo que los hombres ignoramos.


Así transcurrió su vida.


No sin dolores.

No sin pérdidas.

Tampoco sin alegrías.


Pero casi siempre con la certeza de que ninguna tormenta merecía ocupar también la noche.


Cada mañana recogía los restos del mundo y los ordenaba uno por uno.


Cada noche volvía a entregarse a la música.


Quizás la felicidad no fuera mucho más que eso.


Un pequeño orden frente al caos.


Una música conocida.


Y la posibilidad, todavía, de cerrar los ojos y volar a ras del suelo.


Para él, era suficiente.



Marcelo Sonenblum


 
 
 

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