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La masa ofrece identidad; la libertad exige personalidad

  • Marcelo Sonenblum
  • 26 jun
  • 2 min de lectura

A partir del artículo “Borges y su postrera cátedra de liberalismo”, publicado en La Nación, me quedé pensando en una idea incómoda: esa tendencia argentina —aunque quizás profundamente humana— a masificarnos detrás de algo que nos haga sentir especiales.


No se trata solamente de política. Tampoco solamente de fútbol, religión, ideología o pertenencia social. Se trata de algo más antiguo: la necesidad de sentir que formamos parte de algo superior a nosotros mismos.


El ser humano convive con dos impulsos muy poderosos. Por un lado, la necesidad de pertenecer: ser parte de una comunidad, de una causa, de una bandera, de un grupo. Por otro lado, la necesidad de sentirse especial: creer que ese grupo posee una verdad, una sensibilidad o una grandeza que los demás no alcanzan a comprender.


Cuando esas dos necesidades se juntan, aparece un fenómeno peligroso y seductor: dejamos de ser individuos para convertirnos en “uno de los nuestros”.


Esa pertenencia da abrigo. Ordena el mundo. Simplifica las dudas. Ofrece enemigos, héroes, consignas y certezas. Pero también puede quitarnos algo esencial: la responsabilidad de pensar por cuenta propia.


Borges desconfiaba de las grandes abstracciones colectivas. Sospechaba de “la masa”, de “el pueblo”, de “la patria” cuando esas palabras dejaban de nombrar una realidad viva y empezaban a exigir obediencia. Su liberalismo era, antes que económico, una defensa del individuo frente al embrujo de la multitud.


En la Argentina conocemos bien esa tentación. Nos gusta sentir que somos distintos. Más apasionados. Más intensos. Más lúcidos. Más sufridos. Más elegidos. A veces convertimos esa intensidad en belleza. Otras veces, en excusa.


Pero el fenómeno no es solo argentino. Es humano. Ocurre en la política, en las empresas, en las religiones, en los clubes, en las universidades, en las modas intelectuales y hasta en las comunidades tecnológicas. Cada tribu ofrece una identidad prefabricada. Y muchas veces, esa identidad resulta más cómoda que la libertad.


Porque pensar solo cuesta. Dudar cuesta. No repetir consignas cuesta. No dejarse arrastrar por el aplauso fácil cuesta.


La masa ofrece identidad; la libertad exige personalidad.


Y quizás ahí esté la verdadera lección. No en despreciar la pasión, porque sin pasión la vida se vuelve trámite. Sino en no entregarle la conciencia a ninguna multitud, por noble que parezca su bandera.


Pertenecer puede ser hermoso. Pero pensar sigue siendo una tarea individual.


Y tal vez la madurez consista en eso: poder caminar junto a otros sin dejar de ser uno mismo.



Marcelo Sonenblum

 
 
 

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