La historia de Ricardo Venturini
- Marcelo Sonenblum
- 12 jul
- 4 min de lectura

Cuentan que en la Buenos aires de 1856 un francés pionero de la aeronáutica llamado Monsieur Lartet, intentó volar un globo y, con admirable perseverancia, se estrelló todas las veces que pudo.
Pero las historias de intrépidos y persistentes voladores pareciera que se repiten…
Ese fue el caso de Ricardo Norberto Venturini, vecino de Caballito, emprendedor serial, inventor ocasional y optimista profesional. Había fundado siete empresas, quebrado ocho y seguía considerando que llevaba un empate técnico con la realidad.
Una mañana de febrero, atrapado cuarenta y cinco minutos en la esquina de Rivadavia y Acoytesin avanzar más de media cuadra, tuvo una revelación.
—El problema de Buenos Aires es que la gente insiste en moverse por el piso.
Y así nació su proyecto: el primer taxi aéreo individual porteño.
Lo bautizó Volá Vos.
El nombre ya generó polémica. La mitad de la gente entendió que era una invitación al consumo de estupefacientes. La otra mitad creyó que era una forma elegante de mandarlos a pasear.
Ricardo construyó el prototipo en el garage de la casa de su suegra, que era el único lugar donde podía hacer ruido sin recibir denuncias porque nadie se animaba a discutir con ella.
El aparato parecía una mezcla entre una bicicleta fija, una parrilla rodante y un ventilador industrial. Pero él estaba convencido. Subía videos a redes sociales explicando que en menos de cinco años todos los porteños irían al trabajo volando.
La presentación oficial fue organizada en el Parque Centenario. Había periodistas, curiosos, jubilados que no sabían qué estaba pasando y tres vendedores de garrapiñadas que entendieron que donde hay multitud hay negocio.
Ricardo apareció usando casco, antiparras y una campera de aviador comprada por internet. Parecía un cruce entre piloto de combate y repartidor de aplicaciones.
Se acomodó en el vehículo. Levantó el pulgar. Las hélices comenzaron a girar. Más rápido. Más rápido. Más rápido.
Y finalmente el aparato se elevó.
Treinta centímetros.
Exactamente treinta centímetros.
Permaneció suspendido durante dos segundos gloriosos y luego salió despedido contra un puesto de choripanes.
Por fortuna no hubo heridos. Salvo el orgullo de Ricardo. Y un chimichurri que jamás volvió a ser el mismo.
El barrio, que respeta la ciencia pero no perdona el papelón, volvió a cantar:
Las redes sociales hicieron el resto. Durante semanas circularon memes. Uno mostraba al vehículo con la leyenda: “Primer vuelo directo de Caballito a la parrilla”. Otro decía: “Te olvidaste el web chekin”.
Cualquier persona razonable habría abandonado el proyecto. Pero Ricardo era emprendedor. Y los emprendedores tienen una capacidad extraordinaria para confundir terquedad con visión de futuro.
Tres meses después anunció la versión 2.0.
Más potente. Más segura. Más revolucionaria.
La nueva demostración se realizó en Puerto Madero. Esta vez el aparato efectivamente despegó. Subió cinco metros. Después diez. La multitud empezó a aplaudir.
Ricardo saludaba desde el aire como si estuviera inaugurando una autopista espacial.
Y justo cuando parecía que la historia cambiaría para siempre, una bandada de palomas decidió intervenir.
Las palomas porteñas tienen una autoestima desproporcionada. Consideran que la ciudad les pertenece. Y no estaban dispuestas a compartir el espacio aéreo.
Lo que siguió fue una negociación diplomática muy breve.
Las palomas rechazaron la propuesta.
El vehículo giró sobre sí mismo como una calesita poseída y terminó aterrizando en la terraza de un edificio donde una señora tomaba mate.
La mujer ni siquiera se sobresaltó.
Lo miró.
Tomó otro sorbo.
Y preguntó:
—¿Vos sos el de la televisión?
—Sí.
—¿Y esto era lo que querías hacer?
—Más o menos.
—Mirá vos.
La frase fue demoledora. Porque en Buenos Aires un “mirá vos” bien aplicado puede destruir años de planificación estratégica.
Desde una cornisa, las palomas cantaron:
La tercera prueba ocurrió seis meses después.
Nadie esperaba nada. Ni siquiera Ricardo. Pero había vendido entradas. Y cuando un porteño ya cobró la entrada, siente una obligación moral de fracasar al menos una vez más.
Esta vez el aparato funcionó.
Voló.
Voló bien.
Voló alto.
Tanto que desapareció detrás de unos edificios.
La multitud celebró. Los periodistas aplaudieron. Los vendedores de garrapiñadas agotaron stock. Y todos pensaron que finalmente Ricardo Venturini había vencido a Buenos Aires, al tránsito, a las palomas y al destino.
Dos horas después apareció Ricardo.
Llegó en taxi.
Despeinado.
Cubierto de tierra.
Con una rama enganchada en el casco.
—¿Qué pasó? —le preguntaron.
—Aterricé en Quilmes.
—¿Y el aparato?
—Sigue allá.
Hubo un silencio respetuoso. De esos silencios que sólo ocurren cuando la realidad acaba de superar al presupuesto.
Alguien le preguntó:
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Ricardo sonrió. Esa sonrisa peligrosa de los optimistas incorregibles.
—Estoy trabajando en la versión acuática.
Los presentes se miraron entre sí. Porque en Buenos Aires todos sabemos una verdad fundamental: no importa cuántas veces fracase una idea. Siempre existe alguien dispuesto a intentarlo una vez más.
Y esta vez vive en Caballito.
Dicen que el aparato sigue abandonado en Quilmes. Y que Ricardo todavía está trabajando en la versión acuática.
Ese día mientras Ricardo Venturini se alejaba por Rivadavia, rumbo a su próximo fracaso, algunos juran que lo escucharon cantar bajito… “Quereme así, piantao,piantao, piantao...”
Marcelo Sonenblum




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