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El Tango y El Adagio

  • Marcelo Sonenblum
  • 4 may
  • 1 min de lectura

Dos mundos distintos… y sin embargo, cuando se escuchan, suenan mejor juntos. Ahí va este poema, con compás de salón antiguo y alma de escenario:


 

Se encontraron sin prisa en la penumbra,

uno ardía en arrabales de cuchillo,

el otro, en calma, alzaba su sencillo

susurro que en la tarde se acostumbra.


El Tango, con su pulso de costumbre,

marcaba cada paso en el ladrillo;

el Adagio, en su eterno y fiel sigilo,

bordaba el aire en dulce mansedumbre.


—¿Cómo puedes vivir sin arrebato?

—dijo el Tango, encendido y desafiante;

—Cómo tú sin silencio ni sosiego—

respondió el Adagio muy tranquilo.


Y en ese cruce antiguo y delicado,

descubrieron, al fin, que el semejante

no es quien copia, sino quien da su fuego.




Coleccion de poemas de "Contrapuntos"


Esta colección de poemas nace en la escucha.

En la lentitud profunda de los adagios de Sergei Rachmaninoff, donde cada nota parece sostener el tiempo en suspenso, y en la tensión viva del tango, donde el pulso no se resigna a quedarse quieto.


De ese cruce —entre lo que avanza y lo que se demora— surgen estos poemas.

Cada uno es un encuentro.

Dos fuerzas, dos naturalezas, dos maneras de estar en el mundo que se enfrentan, se interrogan y, a veces, logran escucharse.


No buscan resolverse.

Buscan revelarse.


Porque en el contrapunto no hay acuerdo:

hay convivencia.


Y en esa convivencia, breve y frágil, aparece algo parecido a la verdad.

 
 
 

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