El mercado de los afectos
- Marcelo Sonenblum
- 17 jul
- 1 min de lectura

Hay una idea que incomoda porque parece despojar al ser humano de su poesía: que toda relación es, en alguna medida, un intercambio.
No digo un intercambio de dinero. Digo un intercambio de valor.
Vivimos entregando y recibiendo. Tiempo por compañía. Trabajo por salario. Conocimiento por prestigio. Protección por confianza. Amor por amor. Incluso el silencio puede ser una forma de dar, y la escucha una forma de recibir.
Nos educaron para creer que el afecto pertenece a un mundo puro, ajeno a cualquier lógica de intercambio. Sin embargo, basta observar la vida con un poco de atención para descubrir que esperamos reciprocidad en casi todos nuestros vínculos. Cuando esa reciprocidad desaparece, la relación suele deteriorarse. No porque alguien sea malo, sino porque el intercambio dejó de producirse.
No veo cinismo en reconocerlo. Veo honestidad.
La palabra "mercado" suele despertar rechazo. Pensamos en dinero, especulación y competencia. Pero un mercado es, antes que nada, un espacio donde las personas intercambian aquello que consideran valioso. Si ampliamos la idea de valor más allá del dinero, descubrimos que vivimos inmersos en un inmenso mercado de afectos, confianza, tiempo, prestigio, cuidado y reconocimiento.
Negarlo no vuelve a las relaciones más nobles. Solo las vuelve menos transparentes.
Quizás la verdadera dignidad de un vínculo no consista en afirmar que no esperamos nada del otro, sino en reconocer con sinceridad qué estamos dispuestos a dar y qué esperamos recibir.
Porque el problema nunca fue el intercambio.
El problema siempre fue la hipocresía.
Marcelo Sonenblum




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