El cementerio de las buenas ideas
- Marcelo Sonenblum
- 12 ene
- 2 min de lectura
Por qué enamorarse del producto no alcanza para sostener una agencia de viajes

Una agente de viajes me dijo, con una mezcla de cansancio y orgullo:
“Voy a cerrar la agencia. Soy muy buena armando productos, hago flyers buenísimos, pero no tengo suerte. No tengo clientes.”
No le respondí lo primero que pensé. Hay frases que son ciertas, pero no siempre oportunas. Una de ellas dice que el cementerio está lleno de buenas ideas. No es cruel: es exacta. Y como toda verdad exacta, incomoda.
El error no está en el producto.
El problema no es que el producto sea malo. Al contrario: suele ser excelente. Itinerarios bien pensados, precios afinados, flyers estéticos, textos inspiradores. Todo prolijo. Todo correcto. Todo… quieto.
Ahí aparece la trampa. El producto se vuelve zona de confort. Diseñar, pulir, mejorar, volver a diseñar. Es un trabajo noble, controlable, casi artesanal. Nadie te rechaza mientras armás un flyer. Nadie te dice que no cuando estás ajustando un PDF. El producto no discute. El mercado, sí.
Vender es salir a la intemperie
Conseguir clientes es otro oficio. Más antiguo, más rústico, menos glamoroso. Implica exponerse, insistir, llamar, escribir, volver a llamar. Implica escuchar silencios, leer tibiezas, aceptar rechazos. Implica algo que el producto no exige: coraje.
Muchos agentes dicen “no tengo suerte”. No es suerte. Es oficio comercial no entrenado. La suerte aparece cuando uno está en movimiento. Nadie tiene suerte sentado frente a un flyer impecable esperando que el mundo toque timbre.
El turismo ni nada se vende solo.
Hay una fantasía peligrosa: creer que un buen producto se vende solo. Eso pasa —a veces— con marcas gigantes, presupuestos infinitos y años de posicionamiento. No con una agencia independiente que recién empieza o que no sale a buscar.
El turismo es relación, confianza, seguimiento. Es persona atendiendo personas. No hay flyer que reemplace una conversación honesta, una llamada a tiempo, un mensaje bien escrito después del “lo pienso”, y para que todo esto pase, primero debo lograr el contacto y que ese contacto me llame. Producto sin venta es hobby
Dicho sin rodeos:
Producto + venta = negocio.
Producto sin venta = hobby caro.
Y no hay nada de malo en un hobby, salvo cuando uno espera que pague las cuentas.
Consejo: enamorarse de buscar el cliente, no del flyer
El giro mental es simple, pero incómodo: hay que enamorarse del cliente, no del producto. Escuchar más de lo que se habla. Salir menos con “esto armé” y más con “qué necesitás”. Cambiar la pregunta de “¿qué vendo?” por “¿a quién voy a ayudar hoy?”.
El producto se ajusta. El flyer se corrige. El cliente se construye.
Cerrar no siempre es fracasar. Cerrar una agencia no es un pecado. A veces es una decisión honesta. El problema es cerrar convencido de que “faltó suerte”, cuando en realidad faltó calle. Faltó intemperie. Faltó aceptar que el corazón del negocio no está en la creatividad sino en el vínculo.
Las buenas ideas no mueren por malas. Mueren por quedarse quietas.
Y el turismo, como los viajes y cualquier negocio, empieza siempre con un paso hacia afuera.




Comentarios