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Contra la esperanza (o el elogio de la lucidez)

  • Marcelo Sonenblum
  • 19 abr
  • 3 min de lectura


Hay palabras que llegan a la vida de los hombres con un prestigio inmerecido. Se instalan como verdades morales, como refugios nobles, como faros en la tormenta. Esperanza es una de ellas. Se la pronuncia con suavidad, casi con reverencia, como si en su sonido habitara una promesa suficiente. Pero en la práctica, en la tierra áspera donde las decisiones tienen consecuencias, la esperanza suele ser menos un faro que una niebla.


La esperanza, en su forma más difundida, no exige. No pide cuentas. No obliga a moverse. Es, en muchos casos, una tregua con la realidad. Un acuerdo silencioso para postergar lo inevitable. El hombre que espera, muchas veces, no actúa; el que actúa, en cambio, rara vez necesita esperar.


No es difícil encontrar sus huellas. Está en el empresario que, frente a números que no cierran, decide aguardar “un poco más”, confiando en un giro del mercado que no depende de él. Está en la pareja que ya no se sostiene, pero se aferra a la ilusión de un cambio que nunca se trabaja. Está en el enfermo que, en lugar de someterse al rigor de un tratamiento, se abandona a la vaga expectativa de una mejoría espontánea. En todos estos casos, la esperanza no es virtud: es dilación.


Hay en la esperanza una dulzura peligrosa. Endulza lo amargo, suaviza lo urgente, vuelve tolerable lo que debería ser insoportable. Es, en cierto sentido, una forma elegante de la negación. No niega la realidad de frente; la rodea, la disfraza, la vuelve soportable hasta que el tiempo —que no negocia— presenta la cuenta.


Frente a esto, la lucidez aparece como una virtud menos amable, pero infinitamente más útil. La lucidez no consuela: revela. No promete: muestra. Es seca, a veces incómoda, incluso cruel. Pero tiene una cualidad que la esperanza no posee: obliga a decidir. Y decidir, aunque duela, es siempre un acto de dignidad.


Aceptar la realidad no es resignarse. Es, por el contrario, el único punto de partida posible para transformarla. No se puede corregir lo que no se mira. No se puede mejorar lo que no se reconoce. La esperanza, cuando se interpone antes de ese reconocimiento, actúa como un velo. Y todo velo, por bello que sea, distorsiona.

Esto no implica desterrar toda forma de esperanza. Sería un exceso tan ingenuo como su idealización. Existe una esperanza distinta, más austera, más sobria. Una esperanza que no reemplaza la acción, sino que la acompaña. No es la que dice “algo va a pasar”, sino la que susurra, casi en silencio: “haré todo lo que esté en mis manos, y luego aceptaré el resultado”.


Esa esperanza no adormece: sostiene. No distrae: enfoca. No posterga: acompaña el movimiento.


Pero incluso esa versión debería ocupar un lugar secundario. No es el motor, sino el eco. No es la causa, sino la consecuencia.


En la arquitectura de una vida bien llevada, la secuencia es otra: primero la mirada clara, luego la decisión, después la acción. Y, si queda espacio, una chispa de esperanza como compañía, no como guía.


Se ha enseñado, durante generaciones, que la esperanza es una virtud cardinal. Quizás haya llegado el momento de revisarla. Porque en un mundo que exige precisión, coraje y responsabilidad, la virtud no puede ser aquello que nos invita a esperar, sino aquello que nos empuja a actuar.


La vida no se transforma con esperanza.

Se transforma con conducta.

Y en esa conducta —hecha de decisiones, de disciplina, de una mirada sin concesiones— hay algo más sólido que cualquier ilusión: la posibilidad real de cambiar el curso de las cosas.

 
 
 

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