El caso del corazón equivocado
- Marcelo Sonenblum
- 29 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días

Dicen que en la vida hay momentos que no se preparan. Se saltan. Como cuando uno se tira a la pileta sin saber si hay agua.
Ezequiel lo hizo un martes cualquiera, en la puerta de la comisaría. Pero para entenderlo, primero hay que conocerla a Lucía del Valle.
Lucía había llegado hacía apenas dos semanas como nueva inspectora. Venía de otra división, con fama de ser meticulosa, dura… y de no dejar pasar ni una. Entró a la sala de informes una mañana con un café en una mano, un expediente en la otra, el pelo recogido y el ceño fruncido.
Parecía enojada con el universo… pero caminaba como quien sabe perfectamente el territorio que pisa.
Desde ese instante, algo se le desacomodó a Ezequiel. Y no volvió a acomodarse.
Por eso, esa tarde, cuando cerraron un caso y ella salía hacia su coche, él la esperó. No lo pensó mucho: cuando uno se lanza desde un edificio, no cuenta los pisos.
—Sé que este no es el momento ni el lugar… pero no hay otro. No para mí —le dijo, con una voz más honesta que firme.
Y le habló sin adornos. Le dijo que no era ni romántico ni joven, que tenía más cicatrices que planes. Que desde que la vio entrar, con esa cara de “no pienso aguantar ni una estupidez más”, algo en él cambió.
No le pidió amor, ni promesas. Solo un café. Uno que no esté quemado, uno que no sea de máquina. Un café con tiempo. Para escucharla. Para verla.
Y ahí vino la respuesta que no aparece en ninguna comedia romántica:
—Ezequiel… me gustan las mujeres.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue limpio. Como un golpe bien dado.
Él no se desarmó, no hizo un chiste para zafar. Solo asintió, prendió un cigarro y dijo:
—Entonces te invito igual. A tomar un café entre colegas. Vos hablás, yo escucho. Prometo no decir ninguna estupidez… al menos durante los primeros cinco minutos.
Y ella sonrió. No como en las novelas. Mejor.
Porque no todas las historias que no terminan en amor… terminan mal.




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