top of page

Bond de cristal

  • Marcelo Sonenblum
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Su vestido es tan azul como la medianoche, y lleva una mirada entre desesperada y seductora...



La habitación está cargada de humo y neón. Un ventilador de techo gira con pereza mientras, en una esquina, James Bond está sentado en un sofá rojo carmesí, con la mirada perdida. Su traje de espía está arrugado, y sus zapatos... ¿son de cristal? No parece importarle demasiado. Una vieja canción de rancheras suena en la radio mientras él, con una copa de martini en la mano, contempla el reflejo de su rostro en el espejo sucio.

 

Bond siempre ha sido un hombre de acción, pero esta noche es diferente. Las luces parpadean como en un club de mala muerte. La puerta se abre de golpe y entra “Ella”, una mujer con los ojos desorbitados y un peinado que parece haber salido de otra década, probablemente los 80. Su vestido es tan azul como la medianoche, y lleva una mirada entre desesperada y seductora. Cenicienta ha llegado. Pero no es la de los cuentos; es una mujer de carne y hueso, rota y peligrosa, que ha vivido más de lo que cualquiera podría imaginar.

 

—James, tenemos que salir de aquí antes de la medianoche. —su voz suena entrecortada, con ese tono dramático que parece siempre a punto de romperse.

 

Bond la mira sin entender nada. Su memoria es un desastre últimamente. Todo comenzó cuando aceptó esa última misión en Madrid, la ciudad que nunca duerme. Allí, entre las luces de la Gran Vía y el olor a churros se cruzó con Cenicienta, que no era quien parecía ser. Ella estaba huyendo de sus hermanastras, no por un príncipe, sino por un zapato perdido que, según cuenta, tiene un microchip capaz de destruir todo el sistema financiero europeo.

 

—No te preocupes, querida, —responde Bond, con un tono inexpresivo mientras se ajusta la corbata, sin darse cuenta de que la lleva manchada de carmín. Algo no encaja, pero en el mundo de Bond, nada suele encajar últimamente.

 

Entre lágrimas y rímel corrido, Cenicienta confiesa su verdadero problema. No le preocupa salvar el mundo. Lo único que quiere es que su madrastra deje de controlar su vida, que siempre le está diciendo qué hacer, cómo vestirse, cómo comportarse y por fin poder ser ella misma, libre, sin las ataduras del cuento de hadas. James, perdido en sus propios dilemas existenciales, empieza a mezclar su misión con esta lucha doméstica.

 

—La vida no es como nos la contaron, James, —dice ella entre sollozos—. El príncipe nunca llegó. Y, para ser sincera, no lo quiero.

 

Bond, atrapado en una trama cada vez más surrealista, saca su pistola, pero en lugar de balas dispara pétalos de rosa. Todo es un absurdo. Él lo sabe. Las luces de la habitación se apagan brevemente y cuando vuelven, el tiempo ha pasado. Es medianoche. El coche-calabaza espera afuera, encendido, pero no hay tiempo para pensar.

 

Corren por las calles de Madrid, perseguidos por dos hermanastras vestidas con trajes de cuero negro y gafas de sol, como si hubieran salido de una película de acción de los años 70. Bond y Cenicienta están juntos en esta locura, nada de lo que hacen parece tener sentido. Quizá esa es la clave. En un instante de claridad, Bond se pregunta si todo esto es real o simplemente una alucinación provocada por alguna droga que alguien deslizó en su martini.

 

Logran escapar, pero no hay explosión, ni rescate heroico. En lugar de eso, la última escena muestra a James Bond en un salón de belleza, rodeado de mujeres que ríen y fuman cigarrillos, mientras Cenicienta, con una bata de satén, se prueba un par de zapatos de tacón que no tienen nada que ver con cristales. Finalmente ha dejado atrás su papel en el cuento.

 

—No era el zapato, James, —dice ella con una sonrisa melancólica—, era yo.

 

La cámara se aleja lentamente mientras Bond, más confuso que nunca, mira hacia el horizonte, con la certeza de que ya nada volverá a ser como antes, aunque eso, tampoco le importa.

 

Fin.

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page