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Yo Grande, Yo Niño

  • Marcelo Sonenblum
  • 12 ene
  • 5 Min. de lectura

Un cuento sin final, para que cada uno pueda elegir el suyo



Introducción

En esta historia, como en tantas otras, el protagonista no es uno, sino cualquiera de nosotros, que tengamos la suerte de dialogar con nuestras múltiples versiones. No se trata de una conversación, sino de un laberinto en el que los distintos 'yo' se entrelazan, donde el tiempo deja de ser una sucesión de hechos para convertirse en una sustancia maleable, una entidad más cercana al espejismo que a la cronología. En ese espejo infinito, el pasado, el presente y el futuro se confunden, y la vida misma se revela como una intrincada ficción.

Historia

Una tarde cualquiera, de esas que no se diferencian mucho de las demás, Yo Grande encontró una puerta mágica en su casa. No era la primera vez que la veía, claro, sabía que lo llevaba al pasado pero nunca había sentido la necesidad de abrirla. ¿Para qué volver atrás? ¿Para qué remover esos recuerdos de infancia que ya ni dolían? Pero esta vez, con una mezcla de curiosidad y cansancio, la abrió.

Y ahí estaba Yo Niño, en el mismo patio donde siempre jugaba, pateando una pelota con esa despreocupación que solo los que no saben de hipotecas pueden tener. “¡Mirá vos!”, exclamó Yo Niño, señalando con la pelota en la mano. “¡Sos igualito a mí, pero con canas y menos pelo!”

Yo Grande se rió, porque tenía razón. Los años habían pasado, y el pelo, claro, también se había ido. Pero ahí estaban los dos, frente a frente, y Yo Grande, sabiendo lo que se venía, decidió dejarse llevar.

—Dale, vamos a recorrer lo que queda —dijo Yo Grande, con un suspiro que mezclaba nostalgia y resignación.

Y así fue como emprendieron un viaje diferente. El parque, donde Yo Niño solía correr tras mariposas que nunca atrapaba, fue la primera parada. Esta vez, Yo Grande también corría detrás de ellas, pero claro, con menos velocidad y más dolor en las rodillas. Las mariposas seguían siendo igual de esquivas, pero eso ya no importaba. “Que grande!”, decía Yo Niño entre risas. “¡Todavía te acordás de correr!”

Después, se subieron a un tren imaginario, de esos que solo existen en los sueños, y llegaron a la feria del barrio. Yo Niño, con la adrenalina de siempre, quería subirse a la rueda de la fortuna. Yo Grande, con vértigo acumulado y unos cuantos kilos de más, no estaba tan seguro. Pero igual, se subieron. Desde arriba, la vista era la misma de siempre, aunque con menos asombro. “Te falta ese brillo en los ojos, ¿eh?”, comentó Yo Niño con una sonrisa cómplice. Y Yo Grande, aunque no lo dijo, sabía que era cierto.

"Tomás: El amigo perdido"

Todo era risas y recuerdos hasta que llegaron a una esquina del barrio, y ahí, de repente, se toparon con la casa de Tomás. Esa casa donde Yo Niño había pasado tardes enteras jugando, haciendo promesas de amistad eterna que, como tantas cosas, el tiempo se encargó de romper. “Acá vivía Tomás”, dijo Yo Niño, mirando la casa con una tristeza que dolía en el pecho. “¿Por qué dejamos de ser amigos?”

Y claro, ¿cómo le explicás a tu yo más joven que la vida tiene un talento especial para separar a la gente? ¿Cómo le decís que las promesas de “para siempre” solo funcionan hasta que llega el primer boleto de despedida? Yo Grande lo miró, y no le salió más que un:

—No sé, amigo. La vida, supongo. Nos perdimos en alguna vuelta.

Yo Niño se sentó en la vereda, abrazando la pelota como si fuera lo único que quedaba de esos tiempos. “Lo extraño”, dijo con la voz rota, y las lágrimas empezaron a correr. Yo Grande, que no estaba preparado para eso, solo lo abrazó. Porque la verdad es que él también lo extrañaba.

—Era nuestro mejor amigo, ¿te acordás? —continuó Yo Niño entre sollozos—. Íbamos a ser inseparables.

Yo Grande sintió ese nudo en la garganta. “La vida hace esas cosas. Pero esos recuerdos, nunca se van.”

Y los dos, en silencio, dejaron que el tiempo les pasara por encima, porque sabían que había heridas que ni las risas del pasado podían cerrar.

"La chica de los sueños"

Ya caía la tarde cuando, doblando una esquina, se encontraron con ella. La chica de los ojos brillantes, la que en sus tardes de escuela hacía que Yo Niño sintiera mariposas en el estómago, más intensas que aquellas del parque. “¡Es ella!”, gritó Yo Niño, con la misma emoción de siempre. “¡Es la chica de mis sueños!”

Yo Grande la vio también, pero ya no sintió lo mismo. Años atrás, tal vez. Pero ahora, la miraba con una mezcla de nostalgia y aceptación. Porque el tiempo se encargó de borrar lo que alguna vez creyó eterno.

—Vamos a hablarle —dijo Yo Niño, tirando del brazo de Yo Grande.

Pero Yo Grande lo frenó con suavidad. “Esperá loco … Ya no somos los mismos.”

Yo Niño lo miró, confundido. “¿Qué decís? ¡Es nuestra oportunidad! ¿Por qué no vamos a hablarle?”

—Porque ya no importa —respondió Yo Grande, con una sonrisa triste—. Fue lindo mientras duró, pero ya no es parte de nuestra historia. Y eso está bien.

Yo Niño se quedó en silencio, procesando las palabras. “Pero… nunca supimos qué sentía. ¿Y si nos hubiera querido también?”

—No importa —repitió Yo Grande—. Algunas personas están destinadas a ser solo un capítulo de nuestra historia, no el libro entero.

Y así fue como los dos, mirando a la distancia, dejaron que ella siguiera su camino. Porque a veces, lo más difícil es soltar lo que nunca fue.

"La música que no fue"

La noche ya caía, y el aire estaba lleno de esa calma incómoda de los silencios prolongados. Sentados en un banco, bajo un árbol que había visto mejores días, Yo Niño rompió el silencio con la pregunta que Yo Grande había estado esperando. “¿Te acordás de que queríamos ser músicos?” preguntó, balanceando las piernas como siempre hacía.

Yo Grande sintió ese golpe en el estómago. “Sí… me acuerdo.”

—¿Y qué pasó? ¿Lo logramos?

Yo Grande bajó la mirada, rascándose la cabeza. Sabía que no había una respuesta fácil. “No lo logramos. Conseguí un trabajo en un banco, las cuentas llegaron, y la música… bueno, quedó atrás.”

Yo Niño lo miró, incrédulo. “¿Un banco? ¿Dejaste la música por un banco?”

—Fue lo más seguro —intentó explicar Yo Grande, aunque sabía que no había excusa suficiente.

—Entonces dejaste que el miedo ganara.

Yo Grande sintió que esas palabras le atravesaban el alma. “Sí… supongo que sí.”

Yo Niño, con su inocencia intacta, le sonrió. “Pero nunca es tarde, ¿sabés? La música sigue ahí, esperándonos.”

Y Yo Grande, por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez era cierto.

"Un Final Abierto"

El viaje llegaba a su fin. El cielo, pintado de naranjas y rosados, parecía despedirse de los dos, mientras el silencio llenaba el aire. Yo Niño, siempre travieso, rompió el silencio con una sonrisa.

—Sabés que —dijo—, no todo tiene que tener un final. A veces, lo mejor es dejar que cada uno elija cómo quiere que termine.

Yo Grande lo miró, sorprendido por la sabiduría de esas palabras. “¿Eso querés?”

—Sí —respondió Yo Niño, mirando al horizonte—. Dejemos que ellos decidan el final. Que cada uno elija cómo sigue el viaje.

Y con esa sonrisa cómplice, los dos se levantaron y siguieron caminando. Porque, a veces, lo más valioso es dejar que cada uno imagine su propio final.

 
 
 

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