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Ensayo sobre la Contra Moral

  • Marcelo Sonenblum
  • 2 feb
  • 3 Min. de lectura

Elogio prudente de la mentira y sospecha fundada de la verdad


Desde tiempos antiguos, la moral occidental se ha construido sobre un pilar que rara vez se discute: decir la verdad es bueno, mentir es malo. Esta afirmación, repetida con la comodidad de lo obvio, ha adquirido estatuto de dogma. No se la examina: se la hereda. Y, como toda herencia no revisada, se vuelve peligrosa.

La Contra Moral comienza justamente ahí: no negando la ética, sino desconfiando de sus automatismos.

I. La verdad como fetiche

La verdad ha sido elevada a valor absoluto, casi sagrado. Se la pronuncia como si tuviera vida propia, como si bastara con “decirla” para que el bien ocurra. Pero la verdad, desnuda y sin contexto, no es virtuosa por sí misma. Es un dato. Un hecho. Un contenido.

Lo moral no está en la verdad, sino en el uso que se hace de ella.

Decirle a alguien una verdad que no pidió, que no puede procesar, que no está en condiciones de integrar, no es un acto ético: es, muchas veces, un acto de poder. La verdad, cuando se impone, deja de iluminar y empieza a humillar.

II. La mentira como herramienta humana

La mentira, en cambio, ha sido condenada sin matices. Se la asocia al engaño, a la traición, a la bajeza. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra algo incómodo: gran parte de la convivencia humana se sostiene sobre mentiras piadosas, silencios estratégicos y verdades postergadas.

Mentir no siempre es falsear la realidad. A veces es administrarla. A veces es proteger. A veces es dar tiempo. A veces es preservar un vínculo que una verdad brutal destruiría sin ofrecer nada a cambio.

La Contra Moral no defiende la mentira como vicio, sino como recurso. Como bisturí, no como martillo.

III. La intención como núcleo ético

La moral tradicional juzga el acto (decir verdad / mentir). La Contra Moral juzga la intención y el efecto.

¿Para qué digo esto?

¿A quién sirve?

¿Qué construye y qué destruye?

Una verdad dicha para aliviar culpas propias puede devastar al otro. Una mentira dicha para cuidar puede salvar una etapa, un proceso, una vida emocional.

La ética, entonces, no reside en la fidelidad a los hechos, sino en la responsabilidad sobre las consecuencias.

IV. El daño de la verdad intempestiva

Hay verdades que llegan antes de tiempo. Y toda verdad prematura es una forma de violencia.

Decir “te dije la verdad” no exime de culpa si el resultado es el daño evitable. La Contra Moral sostiene algo incómodo para los moralistas: no toda verdad debe ser dicha, ni toda mentira debe ser evitada.

El criterio no es la pureza moral, sino la madurez del vínculo y la capacidad del otro para recibir.

V. Contra la moral de consigna

La moral binaria —verdad buena, mentira mala— tranquiliza conciencias, pero empobrece el pensamiento. Es una moral de manual, no de vida.

La Contra Moral propone una ética más exigente: pensar cada caso, asumir la ambigüedad, cargar con la responsabilidad sin refugiarse en slogans.

Mentir bien exige inteligencia, empatía y medida. Decir la verdad bien exige aún más. Pero decirla mal es fácil. Demasiado fácil.

VI. Una ética adulta

La Contra Moral no invita al cinismo ni al relativismo vulgar. No dice “todo vale”. Dice algo más incómodo: todo pesa.

Cada palabra tiene peso. Cada silencio también.

La pregunta moral ya no es “¿dije la verdad?”, sino:

“¿Fui justo con el otro y conmigo en este momento concreto?”

Cierre

La verdad no es buena por naturaleza.

La mentira no es mala por definición.

Lo bueno —si algo merece todavía ese nombre— es lo que cuida sin infantilizar, lo que revela sin destruir, lo que calla sin manipular.

La Contra Moral no busca absolver ni condenar, sino devolverle a la ética su carácter original: una tarea humana, imperfecta y profundamente responsable.

 
 
 

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