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Extender la vida sin adecuar el sistema

  • Marcelo Sonenblum
  • 18 ene
  • 2 Min. de lectura

Décadas adicionales sin propósito definido no son una oportunidad automática.



La posibilidad de extender la vida humana hasta los 150 años se presenta como un triunfo indiscutible del progreso. Sin embargo, toda extensión del tiempo vital exige una reconfiguración del mundo que lo sostiene. Alargar la vida sin rediseñar el sistema económico, social y simbólico no es progreso: es un error estructural que se disimula con entusiasmo tecnológico.


La civilización moderna fue diseñada para una vida relativamente corta. Educación concentrada, trabajo prolongado, retiro breve y muerte cercana. Ese esquema ordenó generaciones enteras y dio previsibilidad al contrato social. Estirar la vida sin alterar esa arquitectura equivale a exigirle a un edificio antiguo que soporte pisos que nunca fueron previstos.


El problema no es biológico, sino sistémico. Los cuerpos pueden resistir más años, pero las instituciones no. Los sistemas previsionales, laborales y sanitarios ya muestran signos de agotamiento con expectativas de vida mucho menores. Pensar que resistirán una longevidad extrema sin colapsar es más fe que análisis.


A este desajuste se suma un dato clave: el trabajo, eje ordenador de la vida moderna, se debilita. La economía ya no necesita a todos durante toda su vida activa. Sin embargo, seguimos organizando la existencia como si ese eje fuera eterno. El resultado es una vida extendida, pero mal estructurada.

Vivir más tiempo sin una función clara no genera plenitud, genera intemperie. El ser humano necesita marcos, ciclos, etapas. La finitud no era solo un límite biológico: era una forma de ordenar el sentido. Quitar ese límite sin reemplazarlo por otro es dejar a la vida sin contorno.


La longevidad extrema, en estas condiciones, no amplía la libertad: la vuelve confusa. Décadas adicionales sin propósito definido no son una oportunidad automática. Son un desafío psicológico y filosófico que el sistema actual no está preparado para acompañar.


Extender la vida sin adecuar el sistema produce una paradoja inquietante: más tiempo disponible y menos estructura para habitarlo. La promesa de vivir más se convierte así en una carga silenciosa, sostenida por parches económicos y narrativas vacías.


Antes de celebrar cuántos años más podemos vivir, deberíamos preguntarnos qué tipo de mundo estamos construyendo para sostenerlos. Porque una vida larga sin rediseño sistémico no es una conquista civilizatoria: es una demora del problema.


 
 
 

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