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El nuevo juego de la humanidad ya empezó

  • Marcelo Sonenblum
  • 12 ene
  • 3 Min. de lectura

Desde ahora, el conocimiento nace de una inteligencia híbrida, humana y artificial, operando en conjunto



Vivimos una época que no admite eufemismos. Como señala el periodista Luis Galeazzi en un artículo publicado en La Nación, no estamos frente a un simple cambio tecnológico, sino ante un salto civilizatorio. No se trata solo de nuevas herramientas, sino de una transformación profunda que impacta en las personas, en las organizaciones de todo tipo y tamaño, y en las instituciones del Estado. Cuando el cambio atraviesa todos los órdenes de la vida al mismo tiempo, ya no hablamos de tecnología: hablamos de civilización.


La inteligencia artificial quiebra un límite histórico: la inteligencia humana deja de estar sola. No acelera lo conocido, cambia la forma de pensar. Desde ahora, el conocimiento nace de una inteligencia híbrida, humana y artificial, operando en conjunto. Este hecho, tan simple en apariencia, es radical en sus consecuencias. Nunca antes la humanidad había compartido el acto de pensar con una entidad no humana capaz de aprender, proponer y correlacionar a una escala inédita.


En este nuevo escenario emerge una cualidad decisiva: la habilidad en el uso de la inteligencia artificial pasa a ser una cualidad estrella del ser humano. No como destreza técnica, sino como capacidad cognitiva y ética. Saber formular preguntas, evaluar respuestas, contrastar fuentes, decidir con criterio y asumir responsabilidad. La diferencia no estará entre quienes usan IA y quienes no, sino entre quienes piensan con ella y quienes se limitan a obedecerla.


Si tomamos esta nueva habilidad y la vinculamos con la idea de un salto civilizatorio, el punto de partida vuelve a cobrar fuerza. Estamos ingresando en una nueva forma de civilización, una en la que el valor ya no se define solo por la fuerza, el capital o el conocimiento acumulado, sino por la capacidad de interactuar inteligentemente con sistemas inteligentes. El humanismo clásico no desaparece, pero queda interpelado: debe reinventarse.


Este nuevo juego de la humanidad comienza sin manual de instrucciones. No hay certezas cerradas, solo preguntas abiertas. ¿Qué significa aprender cuando el conocimiento está disponible en segundos? ¿Qué es el trabajo cuando la ejecución puede ser delegada? ¿Dónde queda la autoría, la creatividad, la responsabilidad? La falta de respuestas no es una debilidad: es la marca inevitable de todo proceso fundacional.


Las organizaciones que comprendan este cambio no serán necesariamente las más tecnológicas, sino las más lúcidas. Aquellas que entiendan que la inteligencia artificial no reemplaza criterio, sino que lo exige. Que no elimina la ética, sino que la reformula y la vuelve urgente. Que no suprime el pensamiento, sino que expone brutalmente su ausencia. La verdadera ventaja competitiva ya no será tener IA, sino saber integrarla con propósito.


En el plano individual ocurre algo similar. La inteligencia artificial no nos vuelve irrelevantes; nos vuelve responsables. Responsables de decidir qué delegamos y qué no. De distinguir entre eficiencia y sentido. De no confundir velocidad con profundidad. En esta nueva civilización, pensar será aún más valioso, porque quien no piensa simplemente ejecuta decisiones ajenas, humanas o artificiales.


Estamos entrando en una civilización sin manual de uso. No hay certezas, solo responsabilidad. Por primera vez, la inteligencia no es un atributo exclusivo del ser humano, sino una relación que debemos aprender a conducir. El verdadero desafío no será tecnológico, sino moral, cultural y político. La partida ya empezó. Pensar —de verdad— vuelve a ser el acto más revolucionario.

 
 
 

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