top of page

Liturgia de los que no ven

  • Marcelo Sonenblum
  • hace 5 días
  • 2 Min. de lectura


























Hay familias que son una ceremonia detenida,

un rito sin dios ni trascendencia,

apenas la repetición mecánica

de un hábito que nadie se animó a cuestionar.

Siguen aferradas a la mesa originaria,

esa reliquia pueblerina

donde el mundo cabe

en la vida del vecino

y en la mezquindad de un comentario.


Para ellos, el tiempo no avanza:

se limita a dar vueltas en sí mismo

como un perro cansado.

Ignoran que el presente es un recinto móvil,

una arquitectura que se conquista cada día,

y te miran —casi con espanto—

cuando advertís que preferís la intemperie

antes que su sombra conocida.


Te reprochan haber cambiado,

pero en su lógica estrecha,

cambiar es un acto de deslealtad,

como si crecer fuera abandonar

y el progreso, una forma silenciosa de traición.

No conciben que la vida

exige versiones nuevas del alma,

y que uno no debe arrastrar

las sillas que otros se empeñan

en mantener clavadas al suelo.


No entienden tu vida actual

porque no pueden concebir otra.

Habitan un mundo donde la opinión del vecino

sigue siendo ley, evangelio y destino;

y donde el éxito ajeno

es sospechoso,

y la libertad,

una extravagancia de ciudad grande.


Vos ya no discutís:

la lucidez es un arma sin estridencias.

Sabés que ninguna palabra

despertará a quienes duermen

en la liturgia de los que no ven.

Y comprendés al fin

—sin ira, sin tristeza, con esa calma antigua

que sólo concede la claridad—

que la sangre no obliga

cuando el espíritu elige otro horizonte.


El resto es ruido heredado,

un rumor de voces que se repiten

porque temen escucharse.

Vos, en cambio, seguís caminando

la larga orilla de tu destino,

donde ya no existe esa mesa

ni la necesidad de justificar

la altura de tu vuelo.

 
 
 

Comentarios


bottom of page